El perro estaba en la soledad del páramo, junto a un poste de teléfonos, con una pata alzada, aliviándose. No muy lejos de él pasó un tren. Unos niños asomados a la ventanilla lo miraban con ojos de asombro, como si nunca hubiesen visto un perro. El más pequeño agitaba su manita, quién sabe si saludando o despidiéndose. Qué más da, pensó, lástima que hayan tenido que conocerme en situación tan poco decorosa. Ya para siempre guardarán esta triste imagen de mí, y sólo ésta. En fin, así es la vida, gimió, sacudió la pata con gesto melancólico, olisqueó cabizbajo las vías del ferrocarril.