12 Julio 2008
Mi niño acribilla con el palito la pantalla de la Nintendo DS como un poseso. Me acerco a darle el beso de buenas noches, antes de acostarme. Me viene un estornudo repentino y se me cae la cabeza encima de la maquinita. El pequeño, cabreado, me la tira al suelo de un codazo en la nariz, joder, tío, ya me has hecho tener que empezar de nuevo esta pantalla.
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1 Julio 2008
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A Luisma los aviones le vuelven loco. Cuando vimos pasar los cazas no pudo aguantarse y hasta rompió a aplaudir. Carlos le siguió, contagiado, mientras Quique, Merceditas y yo agitábamos nuestras banderas con orgullo patrio, bien alto. Luego recibimos con admiración y escalofrío la formación de bombarderos, perfecta, imponente. Luisma gritaba como un poseso, aquí, aquí, mirad aquí, cojones. Siempre se alteraba mucho con todo esto y nos costaba una barbaridad meterlo a la fuerza en el refugio cuando los pepinazos empezaban a caer ya demasiado cerca de nosotros.
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18 Junio 2008
Cuando pasamos por la aldea, camino de Jerusalem, la mujer, una pobre viuda, se abrazó al Maestro, desesperada, suplicante, ahogada en llanto. Nos introdujo sin demora en la tiniebla de su humilde casa de adobe. La única habitación apestaba a ungüentos, heces, vómitos, sangre. Tendido en el suelo sobre una estera, el hijo se retorcía de dolor, aullaba atroces blasfemias. La mujer no hablaba, su mirada era elocuente, hazlo, Maestro, tú que puedes, por el amor de Dios. El Maestro se arrodilló junto al agonizante, apenas un adolescente, conmovido como no le habíamos visto nunca. Con la mano izquierda le sujetó la nuca mientras con los dedos índice y corazón de su diestra le cerró suave, delicadamente los ojos. Se hizo un silencio, una paz, un alivio de miel que sació nuestros espíritus, como si manara en nuestras bocas para redimirnos de la profunda amargura recién vivida. El Maestro se incorporó para acercarse a la madre. Con las manos sobre los hombros de la viuda, le susurró unas palabras de consuelo y despedida. Intentábamos proseguir nuestra caminata cuando el aullido de la mujer nos atravesó la espalda como una lanzada. Empezaron a llegar los vecinos a su llamada enfurecida. Ella los jaleaba a gritos desde la puerta, con el cadáver en brazos, fuera de sí. Atónito, paralizado, tuvimos que sacar de allí al Maestro a empellones, primero acelerando el paso disimuladamente, después a la carrera para ponernos a salvo de la lluvia de piedras.
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Esa noche, molidos, agotados por la huida y por el miedo, nos curábamos las heridas y moratones unos a otros. Por los pelos, esta vez ha ido por los pelos, comentó alguien en voz baja para que no le oyera el Maestro, que, retirado bajo un olivo, se palpaba incrédulo los chichones entre lágrimas, cabizbajo, orante, meditabundo. Por la mañana tenía decidido que volvíamos a Naím, no temáis, esta vez no temáis, confiad. Todavía con nuestra cara tensa por el pánico, estremecidos, hechos un cromo, seguimos al Maestro, como siempre, sin rechistar.
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6 Junio 2008
La mujer se acerca sigilosa todas las mañanas, sin falta, al banco. Yo me hago el dormido mientras rebusca en mi mochila hasta que da con la cajetilla y me roba un par de pitillos. Quizás robar sea una acusación excesiva para una pobre mujer seguramente desesperada y un botín tan exiguo. Vive en el portal de enfrente y baja tempranito para proveerse de mi tabaco. Por edad, sexo y constitución, me inclino por el perfil de una enferma coronaria. Me atrevería a descartar enfisema o cáncer de pulmón, aunque no deja de ser una apreciación meramente intuitiva. No puedo evitar un incómodo sentimiento de culpa por no incorporarme de pronto y regañarla, señora, haga usted caso estricto a su médico, no se la juegue tontamente. Pero no quiero incomodarla, ni tampoco que el sobresalto pueda resultar más peligroso para su salud que esos dos cigarritos clandestinos de la mañana que nos saben a gloria, el de recién levantado, el de después del desayuno… Mi silencio se hace así cómplice de esta indecencia de vida que compartimos, este día a día insufrible, esta agonía absurda que su inocente pillería acelera en ella, calada a calada, para su suerte, y, sin embargo, prolonga lenta pero insufriblemente la mía.
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31 Mayo 2008
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Al limpiar la sangre de la herida, quedó a la vista en el tobillo un tatuaje con su nombre, angel, tal cual, en minúsculas, sin tilde y con unas alitas. Esto tiene una pinta muy, muy fea, le advertí: conviene amputar. Así que corté justo por encima de la a porque aquello hacía realmente daño a la vista.
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23 Mayo 2008
Recostada de lado, dormita plácidamente arrullada por las olas, con la pierna izquierda flexionada y la opuesta extendida encima, la cabeza apoyada sobre una mano, el brazo derecho descolgado en ángulo recto, como tapándole el oído con todo su peso. Dentro, Teseo ha perdido definitivamente la pista, el hilo que, tras el último recodo, se recoge en un ovillo alevosamente olvidado en el suelo húmedo. Al fondo, a lo lejos, siente la amenaza de un bramido oscuro, de un rumor rugiente que lo intimida como hombre y debería enardecerlo como el héroe que dice ser. Ajena a los alaridos, a las sacudidas, al llanto desesperado, Ariadna se da la vuelta, dobla ahora las piernas bien juntas, apretándolas; cerrada al exterior como una ostra, sueña con el héroe que ha perdido a estas alturas el culo y la espada y la vergüenza, dulcemente confiada en la palabra del hombre que juró, en lo más profundo de sus entrañas, que nunca la abandonaría.
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15 Mayo 2008
La película acaba un poco tarde, casi a las doce, un bodrio con demasiada casquería para mi gusto. Me encamino hacia la boca de metro incapaz de cenar en mi indú favorito. La estación es de las modernas, sin taquillas, con máquinas expendedoras y cámaras de vigilancia. Cuatro tramos de escaleras mecánicas me llevan hasta el andén, donde el panel promete una espera de cinco minutos. Hay un hombre sentado en uno de los bancos. Viste un traje gris espantoso, como pasado de moda o, más bien, como si nunca hubiese estado de moda. Inclinado hacia delante, con las manos entrelazadas y la mirada fija en las vías, ni se vuelve a mirarme, indiferente ante el recién llegado, sin molestarse en echarme un vistazo, si no por curiosidad, al menos por precaución, dos desconocidos solos a un montón de metros bajo tierra y a estas horas. Reparo en que no me había encontrado con nadie hasta ese momento. La presencia del hombre trajeado supone ahora más un alivio que una potencial amenaza. El panel cambia a cuatro minutos justo antes del apagón. Oscuridad absoluta. Ni luces de emergencia, ni señales fosforito que nos puedan indicar el camino de vuelta a la superficie. Juraría haberme quedado ciego de golpe, pero enseguida percibo un resplandor de fondo, una luminiscencia levísima. No hay retorno posible a tientas, no queda sino cruzar los dedos para que la avería no se dilate más de la cuenta. El otro no hace ruido alguno. Carraspeo, estoy aquí, deberíamos ir juntos en esto, hablarnos, pero no hay respuesta a mi señal de auxilio y solidaridad. Pasan los minutos, calculo que veinte o treinta, puede que más. Mi paciencia deja paso a la inquietud; la inquietud, a la angustia. Me abrazaría al tipo este, gritaría la cosa va para largo, vámonos, sácame de aquí, salgamos juntos, qué esperas ya, tío, qué coño esperamos. Llega un tren. Pasan seis vagones vacíos. El último se detiene a nuestra altura, se abren las puertas, el hombre se levanta y se sienta dentro. Yo me lo pienso. No sé qué es más pavoroso, si la estación desierta y en tinieblas o el tren salido de la nada con un extraño que desde su asiento me muestra el clerigman, los surcos de su rostro, el pelo totalmente blanco, el crucifijo desproporcionado sobre el pecho. Me estudia con expresión severa. No, severa, no, neutra. Sí, severa. No deja de mirarme en silencio, qué haces ahí, qué otra opción tienes, súbete, tontaina, confía en mí, hombre, que no muerdo.
Arrastro centenares de pecadillos desde hace no sé cuántos años. Comulgo siempre que voy a misa, casi todos los domingos, como la mayoría, sin confesarme. Recuerdo al Hermano Emilio, cuidado, que muchos veniales equivalen a uno mortal y al infierno derechito. Incluso faltar a misa una sola vez es de los gordos, creo. El sacerdote no me quita ojo, suena el silbato de aviso, me muevo, tengo que subirme a este tren aunque sea lo último que haga en mi vida.
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11 Mayo 2008
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Los gemelos son unos abusones porque son dos. Nunca traen el material, sus papás no se lo compran y te piden cosas que luego no te devuelven. Aunque sea tu boli preferido o la goma del estuche que es un gato que se le mueven los ojos. Se lo quedan y se ríen de ti y si te chivas o les dices algo entonces te pegan luego en el patio porque son dos y te pueden siempre y los demás no sabemos pelear, y ellos sí.
Se meten con todos, estamos hartos y algunos niños les tienen miedo. Yo no porque soy amigo del niño gordo. Soy su único amigo porque es gordo y los demás no le hacen caso. Cuando estoy con mi amigo los gemelos no se acercan, no saben si pelea bien porque nunca se ha pegado con nadie, pero un día se le cayó el bocadillo al suelo y se le llenó de tierra y como es tan grande y se puso así, rojo, rojo, y muy enfadado, los gemelos le dejan tranquilo y a mí también porque soy su amigo. Porque todos lo días le doy mi parte del sandwich de salami que ya no puedo y estoy con él a ratos en el recreo y me siento en la mesa de detrás de la suya y a veces nos reímos mucho cuando se vuelve y dice cosas de la seño.
Los gemelos no van a estar en clase el año que viene porque su papá viaja mucho y se van a vivir a otro sitio muy lejos y tienen que cambiar de cole. Y estaremos todos muy contentos sin ellos, porque son unos abusones y yo ya no tendré que ser amigo del niño gordo.
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