Dibuja un ocho en la mesa con los bordes del vaso de tubo de su gintonic. Hay otros dos más que no ha retirado aún el camarero, los hielos a medio derretir. Pasan unos segundos hasta que advierte que éste ocupa la silla libre, en silencio, observándola desde detrás de la columna de humo de su cámel. El bar está ya casi vacío a esas horas de un jueves. Su instinto, de entrada, quiere ignorarle. Pero la ofenden su osadía, su atrevimiento kamikaze, tanto como la halagan. Con qué ligereza, con qué seguridad había dinamitado el muro de los roles. Pero la balanza aún no se inclina de ningún lado, se resiste en un equilibrio tenso. Entonces la bofetada, Usted ha tenido que ser muy guapa. Qué cabronazo, cómo se lo olió, después de horas de observar a su presa, que ella sólo se iría con un hombre que hubiera sabido herirla antes donde más le doliese.