No creo necesario entrar en detalles sobre prácticas o posturas que, por otra parte, no conozco de primera mano. Sólo sé que sus rostros, delante del café del desayuno, reflejaban satisfactorias y abundantes coyundas.

Después de una estancia en el hotel tan prolongada como la mía, una expresión, un jugueteo con el cuchillo de la mantequilla, te permiten ir más allá, a ese estado donde sabes, no presupones. Sabes a ciencia cierta. Porque ves cosas y sabes, repito. Sabes que no es exactamente a él a quien ama. El ruido homérico de los muelles, los gritos de ella. Sí, de acuerdo, pero no, no exactamente.

Con ellos y con el resto de empleados bajo todas las mañanas a desayunar, mientras el equipo de limpieza acaba de sacar frenéticamente brillo a todo lo que pueda brillar. Medio hotel.

Tenemos habitaciones contiguas y mesas contiguas en el comedor. Él lleva su traje de naranjito en una bolsa, en cuanto termine su desayuno se irá corriendo a cambiarse para comenzar su jornada laboral con las actividades con los más pequeñajos. Es un italiano fibroso, moreno, de ojos azules y modales y acento seductoramente armoniosos y musicales. Por las tardes, ya con los adultos del voley playa, lleva un bañador que deja a la vista sus anchas espaldas, los abdominales, sin un gramo de grasa. De no ser hetero me recrearía en su contemplación horas y horas. De hecho lo hago, pero porque sé lo que sé y por una envidia de lo más insana.

Ella es una alemanota tan alta como él, media melena casi albina de tan rubia. Desayuna ya con su ropa de uniforme puesta: un short amarillo y una camiseta azulona demasiado ceñidos que resaltan su michelín. El círculo vicioso: la ansiedad alimenta al michelín y el michelín alimenta a la ansiedad. Pero a él le gusta así, le dice. Por otra parte, su actividad nocturna le da credibilidad a sus palabras.

Pero yo sé lo que sé. Una mañana me encontré su puerta abierta al pasar por delante de su habitación. Mientras él se duchaba, ella abrazaba el disfraz de peluche, lo olía, acariciaba su entrepierna, besaba su boca postiza.

Oculto en la oscuridad del pasillo, le vi salir del cuarto de baño, dejar caer al suelo la toalla que le cubría, tomarla a ella, ya en braguitas y sujetador, en sus brazos. Ella colocaba disimuladamente sobre la cama el naranjito hueco, aún sin inquilino, para recostarse encima mientras él se empleaba a fondo, ustedes ya me entienden. Daba tiempo a un último encuentro antes de dejar de ser él por unas horas. Ella gemía entre sus dos amantes, tumbada sobre el traje, que agarraba cuando llegaba al clímax. Al terminar, él se lo ponía y sólo entonces ella lo abrazaba con todas sus fuerzas, lo recorría con sus manos de arriba a abajo. Por desgracia, el programa de animación los esperaba.

Los vi separarse. Ella se despedía de una naranja suave y gigante que habían rellenado otros antes que el italiano. Le tomaba de las manos para despedirse. Él desaparecerá un día, como otros, de su vida. Todo en su mundo era incierto, eventual. Sólo el traje seguirá siempre, fiel, incapaz de abandonarla nunca jamás. Ella lo sabe. Yo también lo sé, y tal y como es, se lo cuento.