Hoy había uno nuevo en la esquinita. Tocaba justamente Adiós muchachos. Mi padre no sabía silbar, lo siseaba mientras lo escuchábamos en el tocadiscos los domingos, él por devoción a Gardel; yo, qué remedio. Me proporcionó mi Cantidad Diaria Recomendada de Tristeza , que le agradecí con un billete. Prefiero, sin embargo, que mañana esté el de siempre.




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