MADRE TIERRA
Cumplió su sueño este dieciséis de agosto, recién llegado a la playa: practicar lo aprendido en sus clases de Chikung, pero al aire libre, como debe ser, y con el extra de la brisa del mar, el susurro de las olas, el olor a yodo. Por discreción, se levantó prontísimo el primer día y buscó un lugar apartado. Anduvo, anduvo, anduvo hasta la desembocadura del río, muy alejada de la zona de bañistas, si acaso algún tipo corriendo. Cerró los ojos, hizo sus ejercicios de relajación y se plantó soportando su peso con los pies bien anclados sobre la arena blanda del estuario, cadera y hombros sueltos, rodillas y codos ligeramente flexionados, respiración lenta y regular. Aguantó más que nunca, al menos una media hora, qué prisa había. Se sintió por primera vez uno con la naturaleza, como un árbol milenario. Abrió los ojos, descubrió que estaban ya a ras de suelo, a punto de hundirse para siempre en la Madre Tierra.






el culturero dijo
¡Qué bueno! Es algo así como la recreación de la metamorfosis de Dafne, pero en clave postmoderna, ¿no? Como Dafne, la protagonista del relato huía tal vez de una realidad acuciante, amenazadora y, sobre todo, estresante (de nuevo la tecnología postmoderna).
Por cierto, ¿qué es el Chikung?
1 Noviembre 2008 | 08:24 PM