EL GEN EGOÍSTA
Soy un mamón, en el sentido literal de la palabra. Lactante, dicen ellos a veces, refiriéndose a mí cuando no usan mi nombre legítimo (¡en diminutivo!) o apelativos humillantes con intención cariñosa, vale, lo reconozco, pero que no soy capaz de repetir por vergüenza ajena.
Mami me coloca ante una teta oronda, rebosante de leche, para mí en excusiva. Una semiesfera blanca, mullida, acogedora como la cuna, con un extravagante surtidor bastante popular entre los adultos, por lo que he podido pillar furtivamente en alguna conversación de mis papis. Es lo que tiene dormir en la misma habitación.
Y succiono y succiono y succiono ante la satisfacción de mi progenitora, diez, quince, veinte minutos, tres cuartos de hora. La dejo seca. Todo su lado derecho plano como la tabla de planchar. Sólo asoma tímidamente el botoncito sonrosado, ahora de un color más oscuro y como medroso, como retraído.
Veo su expresión de horror, Dios mío, este niño... Pero le pueden la oxitocina, el instintinto, la sagrada misón de perpetuar una especie donde nacemos individuos como yo. Me cambia de lado, cierra los ojos resignada, como quien se persigna, aprieta los dientes, me engancha al grifo y yo succiono, succiono, succiono.




el culturero dijo
Nos has dejado sin palabras con este relato, una mezcla de emociones común después de leerte y difíciles de expresar. Todos esperamos con avidez el siguiente, que se está haciendo de rogar.
11 Octubre 2008 | 09:50 AM