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La Coctelera

AUTORRELATOS

PARA LEER Y COMENTAR

24 Septiembre 2008

EL GEN EGOÍSTA

Soy un mamón, en el sentido literal de la palabra. Lactante, dicen ellos a veces, refiriéndose a mí cuando no usan mi nombre legítimo (¡en diminutivo!) o apelativos humillantes con intención cariñosa, vale, lo reconozco, pero que no soy capaz de repetir por vergüenza ajena.

 

Mami me coloca ante una teta oronda, rebosante de leche, para mí en excusiva. Una semiesfera blanca, mullida, acogedora como la cuna, con un extravagante surtidor bastante popular entre los adultos, por lo que he podido pillar furtivamente en alguna conversación de mis papis. Es lo que tiene dormir en la misma habitación.

 

Y succiono y succiono y succiono ante la satisfacción de mi progenitora, diez, quince, veinte minutos, tres cuartos de hora. La dejo seca. Todo su lado derecho plano como la tabla de planchar. Sólo asoma tímidamente el botoncito sonrosado, ahora de un color más oscuro y como medroso, como retraído.

 

Veo su expresión de horror, Dios mío, este niño... Pero le pueden la oxitocina, el instintinto, la sagrada misón de perpetuar una especie donde nacemos individuos como yo. Me cambia de lado, cierra los ojos resignada, como quien se persigna, aprieta los dientes, me engancha al grifo y yo succiono, succiono, succiono.

Tags: familia

servido por autorrelatos 2 comentarios compártelo

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

el culturero

el culturero dijo

Nos has dejado sin palabras con este relato, una mezcla de emociones común después de leerte y difíciles de expresar. Todos esperamos con avidez el siguiente, que se está haciendo de rogar.

11 Octubre 2008 | 09:50 AM

autorrelatos

autorrelatos dijo

Gracias, resalao. Pues ahí va otro, ea.

11 Octubre 2008 | 11:39 PM

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Sobre mí

El perro estaba en la soledad del páramo, junto a un poste de teléfonos, con una pata alzada, aliviándose. No muy lejos de él pasó un tren. Unos niños asomados a la ventanilla lo miraban con ojos de asombro, como si nunca hubiesen visto un perro. El más pequeño agitaba su manita, quién sabe si saludando o despidiéndose. Qué más da, pensó, lástima que hayan tenido que conocerme en situación tan poco decorosa. Ya para siempre guardarán esta triste imagen de mí, y sólo ésta. En fin, así es la vida, gimió, sacudió la pata con gesto melancólico, olisqueó cabizbajo las vías del ferrocarril.


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