TIERRA, SOMBRA, HUMO, POLVO, NADA
La mujer se acerca sigilosa todas las mañanas, sin falta, al banco. Yo me hago el dormido mientras rebusca en mi mochila hasta que da con la cajetilla y me roba un par de pitillos. Quizás robar sea una acusación excesiva para una pobre mujer seguramente desesperada y un botín tan exiguo. Vive en el portal de enfrente y baja tempranito para proveerse de mi tabaco. Por edad, sexo y constitución, me inclino por el perfil de una enferma coronaria. Me atrevería a descartar enfisema o cáncer de pulmón, aunque no deja de ser una apreciación meramente intuitiva. No puedo evitar un incómodo sentimiento de culpa por no incorporarme de pronto y regañarla, señora, haga usted caso estricto a su médico, no se la juegue tontamente. Pero no quiero incomodarla, ni tampoco que el sobresalto pueda resultar más peligroso para su salud que esos dos cigarritos clandestinos de la mañana que nos saben a gloria, el de recién levantado, el de después del desayuno… Mi silencio se hace así cómplice de esta indecencia de vida que compartimos, este día a día insufrible, esta agonía absurda que su inocente pillería acelera en ella, calada a calada, para su suerte, y, sin embargo, prolonga lenta pero insufriblemente la mía.






interinaforever dijo
Yo no soy capaz de fumarme un cigarro recién levantada...
7 Junio 2008 | 03:31 PM