Recostada de lado, dormita plácidamente arrullada por las olas, con la pierna izquierda flexionada y la opuesta extendida encima, la cabeza apoyada sobre una mano, el brazo derecho descolgado en ángulo recto, como tapándole el oído con todo su peso. Dentro, Teseo ha perdido definitivamente la pista, el hilo que, tras el último recodo, se recoge en un ovillo alevosamente olvidado en el suelo húmedo. Al fondo, a lo lejos, siente la amenaza de un bramido oscuro, de un rumor rugiente que lo intimida como hombre y debería enardecerlo como el héroe que dice ser. Ajena a los alaridos, a las sacudidas, al llanto desesperado, Ariadna se da la vuelta, dobla ahora las piernas bien juntas, apretándolas; cerrada al exterior como una ostra, sueña con el héroe que ha perdido a estas alturas el culo y la espada y la vergüenza, dulcemente confiada en la palabra del hombre que juró, en lo más profundo de sus entrañas, que nunca la abandonaría.
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2 comentarios
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¡Qué bueno que escribiste, che!
Sí, ya está bien de hacer el boludo.