La película acaba un poco tarde, casi a las doce, un bodrio con demasiada casquería para mi gusto. Me encamino hacia la boca de metro incapaz de cenar en mi indú favorito. La estación es de las modernas, sin taquillas, con máquinas expendedoras y cámaras de vigilancia. Cuatro tramos de escaleras mecánicas me llevan hasta el andén, donde el panel promete una espera de cinco minutos. Hay un hombre sentado en uno de los bancos. Viste un traje gris espantoso, como pasado de moda o, más bien, como si nunca hubiese estado de moda. Inclinado hacia delante, con las manos entrelazadas y la mirada fija en las vías, ni se vuelve a mirarme, indiferente ante el recién llegado, sin molestarse en echarme un vistazo, si no por curiosidad, al menos por precaución, dos desconocidos solos a un montón de metros bajo tierra y a estas horas. Reparo en que no me había encontrado con nadie hasta ese momento. La presencia del hombre trajeado supone ahora más un alivio que una potencial amenaza. El panel cambia a cuatro minutos justo antes del apagón. Oscuridad absoluta. Ni luces de emergencia, ni señales fosforito que nos puedan indicar el camino de vuelta a la superficie. Juraría haberme quedado ciego de golpe, pero enseguida percibo un resplandor de fondo, una luminiscencia levísima. No hay retorno posible a tientas, no queda sino cruzar los dedos para que la avería no se dilate más de la cuenta. El otro no hace ruido alguno. Carraspeo, estoy aquí, deberíamos ir juntos en esto, hablarnos, pero no hay respuesta a mi señal de auxilio y solidaridad. Pasan los minutos, calculo que veinte o treinta, puede que más. Mi paciencia deja paso a la inquietud; la inquietud, a la angustia. Me abrazaría al tipo este, gritaría la cosa va para largo, vámonos, sácame de aquí, salgamos juntos, qué esperas ya, tío, qué coño esperamos. Llega un tren. Pasan seis vagones vacíos. El último se detiene a nuestra altura, se abren las puertas, el hombre se levanta y se sienta dentro. Yo me lo pienso. No sé qué es más pavoroso, si la estación desierta y en tinieblas o el tren salido de la nada con un extraño que desde su asiento me muestra el clerigman, los surcos de su rostro, el pelo totalmente blanco, el crucifijo desproporcionado sobre el pecho. Me estudia con expresión severa. No, severa, no, neutra. Sí, severa. No deja de mirarme en silencio, qué haces ahí, qué otra opción tienes, súbete, tontaina, confía en mí, hombre, que no muerdo.


Arrastro centenares de pecadillos desde hace no sé cuántos años. Comulgo siempre que voy a misa, casi todos los domingos, como la mayoría, sin confesarme. Recuerdo al Hermano Emilio, cuidado, que muchos veniales equivalen a uno mortal y al infierno derechito. Incluso faltar a misa una sola vez es de los gordos, creo. El sacerdote no me quita ojo, suena el silbato de aviso, me muevo, tengo que subirme a este tren aunque sea lo último que haga en mi vida.