Comenzó a nevar. No en el exterior, claro está. Tampoco en el aula, por supuesto. Pero nevaba. Es decir, no nevaba, pero Laura veía cómo los copos, cada vez más grandes, se arremolinaban, jugando a perseguirse sobre sus muslos, sobre los antebrazos apoyados sobre la mesa. Va a cuajar. A ver si hay suerte y cuaja.

A su lado, Jessi tomaba apuntes como una posesa. Mientras nevaba. Y estaba sola. No estaba sola. Estaba Jessi. Al fondo, en la última fila, codo con codo. Y Carlos y Edu delante, unos plastas. Y delante de Edu, Javi. Javi. Así que no estaba sola. Pero estaba sola.

Nevó hasta cuajar en una espesa capa que ocultaba los colores fosforito de su chándal. Molaba. Haría muñecos sobre sus propias rodillas. Se liaría a bolazos. Con Jessi, que seguía escribiendo y escribiendo, con el tippex en la mano izquierda, como un salvavidas.

Y estaba sola. ¿Estaría Javi también solo, tan solo como ella? Le gustaba. Estaba bueno. No estaba bueno, en realidad, no como el rubito de RBD que le gustaba tanto. Como le gustaba Javi. No le gustaba. No todavía, pero podía gustarle. ¿Y si se lo decía, si le pedía…? No sabría qué decirle. Sí sabría. Le diría me lo pienso. Le diría es que. Le diría sí. Sí, sí, sííííí...

Javi se lo pediría. No se lo pediría. Lo haría, sin palabras, con sus ojos grises o verdes. Tenía catorce pero miraba como uno de diecisiete, por lo menos. Aunque a ella no la miraba, no la había mirado nunca, hasta ahora. Sí la miraba, pero cuando ella no se daba cuenta, seguro.

Hundió mecánicamente el dedo en la nieve. LAURA X JAVI. Se tapó con la otra mano. Que no me vea Jessi. Se va a reír de mí. No se reirá, me dirá tú estás loca. Dejó de nevar. Por fin oyó algo. Oyó un silencio seco, cortante, como los gritos de su hermana mayor. Como las manos de su padre, a veces tan ásperas.

Las manos del profesor retiraban la hoja de su mesa. Esto es lo que haces en clase, Laura por Javi, muy bonito. Reventó una cristalera de risas maliciosas, de comentarios crueles, a coro con el chorreo de don Amalio, un coro de voces que era capaz, sin embargo, de identificar una por una: Edu (puaj), Isra, Silvia, Jaime (puaj, puaj), Carmen... Sólo callaban ella y Jessi, por si acaso. Las dos igual de sorprendidas y asustadas. Un poco más Laura. Y todos los ojos clavados sobre ella, no podía imaginar nada más desagradable.

No todos. Javi no había vuelto la cabeza. Sólo veía su nuca. Qué marrón. Qué corte, tía. Qué poco había durado su secreto, apenas una nevada. Había que hacer algo, salir de la vergüenza como de una habitación oscura. Había que seguir el juego hasta sus últimas consecuencias, apostar fuerte. Se levantó, petrificando al personal. Llegó hasta Javi y acarició lentamente su nuca. Los petrificó aún más, si cabe. No daban crédito.

No se levantó. Acarició, es cierto, pero no con su mano, no antes, por supuesto, de que Javi la pidiera, nunca delante de todos, faltaría. De nuevo el silencio. Don Amalio regresaba a su mesa, haciendo una bola con la hoja. Los demás le seguían con la vista, como embobados, ignorándola a ella, por fin, dándole una tregua hasta que sonara el timbre.

Javi aprovechó ese instante para girar la cabeza y buscar sus ojos con sus ojos de diecisiete, por primera vez, sólo para ella. Vio escrito JAVI X LAURA. No lo vio. Vio curiosidad o estupor, grisáceos o verdosos. Miró sus labios por si le traicionaban. Encontró una medio sonrisa de doce o trece, más bien decepcionante. ¿Laura por Javi?, oyó a Jessi, muy bajito. Ya te contaré, y agachó la cabeza para contemplar la nieve, ya casi derretida por una tímida llovizna.

Ilustración: Rafael Gómez