Habiendo sido, una vez más, humillado sin asomo de piedad por su Jefa de Negociado, materialmente incapaz ya de soportar los gritos, las vejaciones y los comentarios sarcásticos y a todas luces injustos sobre su eficiencia y profesionalidad, resolvió tomar en consideración el consejo de Peláez, su compañero de despacho: Haz como yo, imagínatela sin ropa, verás cómo es más llevadero, hombre, tú hazme caso.


No teniendo otra opción mejor, a la desesperada y no sin antes pedir perdón a Dios, la Virgen y todos los Santos por su osadía, con la disculpa de encontrarse en una situación límite, siguió disciplinadamente el procedimiento en la primera ocasión que se le presentó, aquel mismo día, justo después del descanso reglamentario de media mañana.


Le funcionó apenas unos segundos: fue como echar sal en una herida abierta. Quedó turbado en la contemplación de una belleza que jamás hubiera sospechado oculta bajo los formales trajes de chaqueta color canela de Silvia, antes Srta. Bermúdez, pero ya para siempre Silvia, sólo Silvia y su larguísima melena suelta que apenas alcanzaba a cubrir la turgencia de sus senos, firmes y delicadamente madurados; Silvia y sus piernas infinitas; Silvia y el proceloso mar de dunas de sus caderas; Silvia y su recóndita cueva del tesoro…


…Silvia que le estaba echando una bronca monumental, mientras él recibía cada grito, cada ironía, amenaza, desprecio, con un escalofrío que le recorría las vértebras una a una, estremecido de doloroso placer, de dichoso e inconfesable desasosiego, tanto más gratificante cuanto más cruel y sañudo era el castigo recibido.


Semanas después, acostumbrado a beber de aquel sabroso veneno a diario, no podía consentir que aquella relación se viera mancillada por la presencia de Peláez, de su mirada sucia. No podía compartir su secreto gozo con semejante tipo. Lo abrasaba la certeza de que su compañero provocaba continuamente a Silvia, cometiendo errores inverosímiles con sus expedientes, para que su imaginación encendida y lasciva se la mostrara como sólo él, sólo él tenía derecho a contemplarla.


Habiendo llegado la situación a un punto donde no cabía sino cortar por lo sano, era inevitable tomar medidas drásticas y, desde luego, ejecutarlas de inmediato, sin más demora, para poder disfrutar de Silvia en deliciosa y punzante soledad, en la intimidad que a ellos dos y a nadie más debía pertenecerles.