La naturaleza cuántica, hijo mío, es común a todo desierto: no existe en tanto un observador no repara en su desolada caligrafía. Perdón, cartografía; sirvan mis años de disculpa para mi torpeza, y prosigo, si mis manos temblorosas y la ingrata vejez me lo permiten. Los desiertos de Venus, decía, amenazadoramente dormitan en el lecho borroso de la leyenda, o tal vez de la conjetura.


Si pudiera, de nuevo, contemplarlos, si este privilegio me fuera otorgado como la más inmerecida de las propinas, te describiría los sinuosos laberintos de árboles muertos, las afiladas cicatrices que los remiendan de sur a norte, las traicioneras simas que apuntan a su centro.


Cauces abandonados de antiguos ríos, no faltan quienes reconozcan en su oquedad la esperanza de una fuente que bien podría volver a manar si el deseo llegara a ser lo suficientemente poderoso.