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Terra
La Coctelera

USTED HA TENIDO QUE SER MUY GUAPA

Dibuja un ocho en la mesa con los bordes del vaso de tubo de su gintonic. Hay otros dos más que no ha retirado aún el camarero, los hielos a medio derretir. Pasan unos segundos hasta que advierte que éste ocupa la silla libre, en silencio, observándola desde detrás de la columna de humo de su cámel. El bar está ya casi vacío a esas horas de un jueves. Su instinto, de entrada, quiere ignorarle. Pero la ofenden su osadía, su atrevimiento kamikaze, tanto como la halagan. Con qué ligereza, con qué seguridad había dinamitado el muro de los roles. Pero la balanza aún no se inclina de ningún lado, se resiste en un equilibrio tenso. Entonces la bofetada, Usted ha tenido que ser muy guapa. Qué cabronazo, cómo se lo olió, después de horas de observar a su presa, que ella sólo se iría con un hombre que hubiera sabido herirla antes donde más le doliese.

AND THAT’S THE WAY IT IS (Walter Cronkite)

No creo necesario entrar en detalles sobre prácticas o posturas que, por otra parte, no conozco de primera mano. Sólo sé que sus rostros, delante del café del desayuno, reflejaban satisfactorias y abundantes coyundas.

Después de una estancia en el hotel tan prolongada como la mía, una expresión, un jugueteo con el cuchillo de la mantequilla, te permiten ir más allá, a ese estado donde sabes, no presupones. Sabes a ciencia cierta. Porque ves cosas y sabes, repito. Sabes que no es exactamente a él a quien ama. El ruido homérico de los muelles, los gritos de ella. Sí, de acuerdo, pero no, no exactamente.

Con ellos y con el resto de empleados bajo todas las mañanas a desayunar, mientras el equipo de limpieza acaba de sacar frenéticamente brillo a todo lo que pueda brillar. Medio hotel.

Tenemos habitaciones contiguas y mesas contiguas en el comedor. Él lleva su traje de naranjito en una bolsa, en cuanto termine su desayuno se irá corriendo a cambiarse para comenzar su jornada laboral con las actividades con los más pequeñajos. Es un italiano fibroso, moreno, de ojos azules y modales y acento seductoramente armoniosos y musicales. Por las tardes, ya con los adultos del voley playa, lleva un bañador que deja a la vista sus anchas espaldas, los abdominales, sin un gramo de grasa. De no ser hetero me recrearía en su contemplación horas y horas. De hecho lo hago, pero porque sé lo que sé y por una envidia de lo más insana.

Ella es una alemanota tan alta como él, media melena casi albina de tan rubia. Desayuna ya con su ropa de uniforme puesta: un short amarillo y una camiseta azulona demasiado ceñidos que resaltan su michelín. El círculo vicioso: la ansiedad alimenta al michelín y el michelín alimenta a la ansiedad. Pero a él le gusta así, le dice. Por otra parte, su actividad nocturna le da credibilidad a sus palabras.

Pero yo sé lo que sé. Una mañana me encontré su puerta abierta al pasar por delante de su habitación. Mientras él se duchaba, ella abrazaba el disfraz de peluche, lo olía, acariciaba su entrepierna, besaba su boca postiza.

Oculto en la oscuridad del pasillo, le vi salir del cuarto de baño, dejar caer al suelo la toalla que le cubría, tomarla a ella, ya en braguitas y sujetador, en sus brazos. Ella colocaba disimuladamente sobre la cama el naranjito hueco, aún sin inquilino, para recostarse encima mientras él se empleaba a fondo, ustedes ya me entienden. Daba tiempo a un último encuentro antes de dejar de ser él por unas horas. Ella gemía entre sus dos amantes, tumbada sobre el traje, que agarraba cuando llegaba al clímax. Al terminar, él se lo ponía y sólo entonces ella lo abrazaba con todas sus fuerzas, lo recorría con sus manos de arriba a abajo. Por desgracia, el programa de animación los esperaba.

Los vi separarse. Ella se despedía de una naranja suave y gigante que habían rellenado otros antes que el italiano. Le tomaba de las manos para despedirse. Él desaparecerá un día, como otros, de su vida. Todo en su mundo era incierto, eventual. Sólo el traje seguirá siempre, fiel, incapaz de abandonarla nunca jamás. Ella lo sabe. Yo también lo sé, y tal y como es, se lo cuento.

CDRT

Hoy había uno nuevo en la esquinita. Tocaba justamente Adiós muchachos. Mi padre no sabía silbar, lo siseaba mientras lo escuchábamos en el tocadiscos los domingos, él por devoción a Gardel; yo, qué remedio. Me proporcionó mi Cantidad Diaria Recomendada de Tristeza , que le agradecí con un billete. Prefiero, sin embargo, que mañana esté el de siempre.

AUTORRELATOS TAMBIÉN EN LA COMUNIDAD DE EL PAÍS

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MADRE TIERRA

Cumplió su sueño este dieciséis de agosto, recién llegado a la playa: practicar lo aprendido en sus clases de Chikung, pero al aire libre, como debe ser, y con el extra de la brisa del mar, el susurro de las olas, el olor a yodo. Por discreción, se levantó prontísimo el primer día y buscó un lugar apartado. Anduvo, anduvo, anduvo hasta la desembocadura del río, muy alejada de la zona de bañistas, si acaso algún tipo corriendo. Cerró los ojos, hizo sus ejercicios de relajación y se plantó soportando su peso con los pies bien anclados sobre la arena blanda del estuario, cadera y hombros sueltos, rodillas y codos ligeramente flexionados, respiración lenta y regular. Aguantó más que nunca, al menos una media hora, qué prisa había. Se sintió por primera vez uno con la naturaleza, como un árbol milenario. Abrió los ojos, descubrió que estaban ya a ras de suelo, a punto de hundirse para siempre en la Madre Tierra.

MI SECRETO CON LAS MUJERES

Tengo comprobado que una de las cosas que más les pone a las mujeres es verte en la cocina, con tu delantal, sólo con el delantal, preparándoles una buena cena. No me quitan ojo mientras pico, corto, rallo, bato, rebozo, horneo, rehogo, a la vez que voy fregando y dejando cada cacharro limpio y recogido. Cuando he terminado de preparar los postres, a ellas les brillan los ojos como en los dibujos japoneses. Luego pasamos al salón, les preparo un cóctel para que se lo tomen cómodamente en el sofá mientras yo pongo la mesa con el mantel y las servilletas de hilo (algunas prefieren caminos de mesa, es más moderno e informal, yo soy más de mantel), las copas, el vino con el maridaje adecuado al menú y la temperatura perfecta, la cubertería y la vajilla buenas, bajoplatos incluidos, por supuesto, las velas, un pequeño jarroncito con un par de rosas, incienso optativo… En ese momento las escucho aullar de placer por dentro, reprimiéndose. Después, cuando ya se lo han terminado todo, me miran lascivamente, chupándose los dedos. En ese momento traigo la botella de Veuve Clicquot bien fría, con dos copas tipo tulipa, mejores que las tipo flauta, sin dudarlo: se ensanchan por la base para permitir al vino expresarse sin perder temperatura (¡las pompadour, anchas y planas, son una aberración, por Dios!), toman la bandeja, me pagan lo convenido, se marchan al dormitorio donde las espera su marido y yo hago mutis por el foro discretamente.

EL GEN EGOÍSTA

Soy un mamón, en el sentido literal de la palabra. Lactante, dicen ellos a veces, refiriéndose a mí cuando no usan mi nombre legítimo (¡en diminutivo!) o apelativos humillantes con intención cariñosa, vale, lo reconozco, pero que no soy capaz de repetir por vergüenza ajena.

 

Mami me coloca ante una teta oronda, rebosante de leche, para mí en excusiva. Una semiesfera blanca, mullida, acogedora como la cuna, con un extravagante surtidor bastante popular entre los adultos, por lo que he podido pillar furtivamente en alguna conversación de mis papis. Es lo que tiene dormir en la misma habitación.

 

Y succiono y succiono y succiono ante la satisfacción de mi progenitora, diez, quince, veinte minutos, tres cuartos de hora. La dejo seca. Todo su lado derecho plano como la tabla de planchar. Sólo asoma tímidamente el botoncito sonrosado, ahora de un color más oscuro y como medroso, como retraído.

 

Veo su expresión de horror, Dios mío, este niño... Pero le pueden la oxitocina, el instintinto, la sagrada misón de perpetuar una especie donde nacemos individuos como yo. Me cambia de lado, cierra los ojos resignada, como quien se persigna, aprieta los dientes, me engancha al grifo y yo succiono, succiono, succiono.

SER Y NO SER

Cuando por fin Él se convenció de que no existía, respiró hondo, con alivio infinito, liberado de toda culpa, inocente de tanto horror, por los siglos de los siglos, para regresar a la nada de donde nunca debió salir.